25.3.12

Orgasmos femeninos en el gimnasio y otros sumideros por los que escapa la credibilidad de la ciencia

¿Será una casualidad o una pauta cada vez más presente? Busqué en Google una interesante columna, leída años atrás, sobre estereotipos y lugares comunes que impregnan muchas investigaciones científicas. Lo que me hizo recordar este artículo fue un titular del telediario en torno a una de esas absurdas investigaciones de “una prestigiosa universidad americana” con objetivos irrelevantes, que prefiero no recordar, sin mayor ambición intelectual que la mera confirmación de lo obvio. Era la confirmación, una vez más, del síndrome del Captain Obvious que parece atacar a muchos investigadores.


El artículo criticaba ese tipo de investigaciones estúpidas, que erosionan los cimientos de la credibilidad científica y que tanto eco encuentran en los medios. Pero los hechos son tozudos, y al lado mismo del artículo buscado -Leer engorda, firmado por Edurne Uriarte en 2008-, destacaba un titular “científico” más reciente y llamativo: Las mujeres tienen orgasmos en el gimnasio (sin sexo)”. No era la opinión de un redactor perspicaz, sino el resultado de una sesuda “investigación de una prestigiosa universidad”. Un urgente clic sobre el explosivo enlace confirmó que estaba ante un nueva evidencia, una más, de esa ciencia mal planteada, acrítica y banal que llega a los medios.

Este artículo, el de los orgasmos, se hace eco de un trabajo “de la Universidad de Indiana”, publicado en una revista científica especializada, que ha demostrado “que el inocente ejercicio físico puede conducir al clímax femenino. En concreto, hacer abdominales, trepar por una cuerda, el spinning o levantar pesas pueden provocar esos placenteros y totalmente inesperados efectos secundarios.” Y por si fuera poco, el estudio apostilla que hay una máquina especialmente eficaz para este cometido -la silla del capitán-, que según los investigadores “proporciona los mejores momentos”.  

El alcance intelectual de este trabajo merece incorporarlo a lo más florido de ese género por el que escapa la credibilidad de la ciencia. Los Premios Ig Nobel se destinan, precisamente, a parodiar este tipo de demostraciones de la banalidad.  El Ig Nobel de Fisiología de 2011, por ejemplo, se concedió en el pasado mes de octubre en Harvard a Anna Wilkinson, Natalie Sebanz, Isabella Mandl y Ludwig Huber por su estudio «Ausencia de evidencia de contagio del bostezo en la tortuga terrestre de patas rojas».


Es cierto que de investigaciones aparentemente triviales surgen descubrimientos interesantes, pero no está mal un poco de crítica sana a la investigación trivial, que tantos recursos consume. Pero en un momento de restricciones presupuestarias hay que intentar cerrar esos grandes sumideros por los que escapa la credibilidad científica. Según Edurne Uriarte, son tres los principales desagües de dicha credibilidad:
1.      La demostración de obviedades, en todos los campos científicos.
2.      El estudio de tonterías.
3.      La corrección política, que constituye el desagüe que más determina la labor científica y mejor pone de manifiesto las limitaciones de la ciencia: “El miedo, el pánico, a llevar la contraria a las modas políticas e ideológicas, muestre lo que muestre el método científico. No espere usted grandes provocaciones intelectuales por parte de los científicos. Espere más bien conclusiones perfectamente equilibradas con las convicciones morales e ideológicas más asentadas. Si Al Gore y el calentamiento global son, por ejemplo, quienes triunfan entre las creencias populares, pocos científicos osarán adentrarse en el camino de la impopularidad llevando la contraria al vídeo de Gore.”

Lo peor de estas investigaciones banales no es solo el descrédito que arrojan sobre una ciencia tan necesitada del apoyo social, sino el enorme coste de oportunidad que llevan asociado, al distraer recursos escasos de otros grandes proyectos de la ciencia, muy necesarios para el progreso de la sociedad y del conocimiento, para llevarlos al territorio de la irrelevancia aunque, eso sí, con una gran popularidad en los medios. Daños colaterales del analfabetismo científico que nos invade.

8.3.12

Pioneras de la ciencia, en el día de la mujer trabajadora

He vivido siempre rodeado de mujeres trabajadoras, auténticas heroínas del día a día, especialistas en encajar infinidad de tareas en una agenda saturada. He aprendido mucho de ellas, y he intentado -e intento- copiar, con escaso éxito, esa eficiencia insuperable, que las lleva a aprovechar al máximo cada instante, sin concesiones a una dispersión –procrastinación, dirán los psicólogos- que medra con éxito entre en el sexo masculino.

Reconozco que siempre han sido un ejemplo para mí, y hoy, día de la mujer trabajadora, me permitiré homenajearlas en la persona de Irene Joliot-Curie, una gran científica, aunque más conocida por sus apellidos -su madre, Marie Curie, y su marido, Frédéric Joliot, eran científicos reconocidos-  que por sus sobresalientes méritos propios.

Destaco a Irene por ser pionera en el mundo de la física y de las matemáticas, en un momento en que estos campos del conocimiento eran exclusivos de los hombres. Es verdad que siguió un camino allanado por su madre, Marie Curie, y que, al igual que ella, recibió un Nobel (su madre obtuvo dos) y tuvo una hija, Helena, que también alcanzó un gran prestigio científico. Irene también murió por leucemia, como su madre, probablemente por el trabajo con material radiactivo.

Todas estas mujeres trabajadoras, pioneras de la ciencia, abrieron amplios senderos en un territorio hostil, pero su conquista no se ha completado. A pesar del enorme avance de la mujer en las últimas décadas, aún está lejos de ocupar el espacio que le corresponde en las ciencias y en las matemáticas.

Acabo de leer un pequeño informe del Banco Interamericano de desarrollo (BID) que constata una vez más, con nuevos datos, la brecha que existe entre las niñas y el mundo de las ciencias y de las matemáticas, una brecha que aumenta con la edad. Es una brecha casi universal, con honrosas excepciones, como Singapur, donde el desempeño de las niñas en estas áreas iguala o supera el de los niños, lo que demuestra que las diferencias en el rendimiento en áreas científicas no tienen que ver con cuestiones de capacidad, sino con niveles distintos de motivación y de expectativas.
Los estereotipos negativos sobre las mujeres en ciencias son responsables de las bajas expectativas de las chicas, pero también la escuela tiene su buena parte de responsabilidad. Un informe del que me hacía eco en un antiguo post -“Hace falta más discriminación positiva en matemáticas y ciencias”- ponía en evidencia que los estereotipos hacen que los profesores de estas áreas, subconscientemente, tiendan a infravalorar a las chicas, lo que lleva a una reducción de sus expectativas y baja su nivel de rendimiento. Es decir, los estereotipos condicionan el rendimiento académico de las mujeres en las áreas científico-técnicas y alimentan su rechazo hacia carreras de matemáticas y física.
¿Qué hacer? Es necesario determinar cómo podemos abordar este problema a través de la educación, recurriendo a una fuerte discriminación positiva que destaque y estimule la aportación de las mujeres en los ámbitos científicos. Como decía en el citado post, hay que construir, con urgencia, el mensaje de que “la ciencia es cosa de chicas”.

4.3.12

Cristales ordenados temporalmente, posibles máquinas de movimiento perpetuo



En una entrada de hace años me referí al Nobel Frank Wilczek como un gran creativo de la física, y la verdad es que, en este sentido, nunca decepciona. Este profesor del MIT, famoso por sus trabajos en cromodinámica cuántica (QCD), la teoría que explica el micromundo existente dentro de las llamadas partículas elementales, vuelve a poner las leyes de la Física patas arriba con su más reciente teoría, en la que presenta un sorprendente tipo de cristal –time crystal- que a diferencia de los cristales convencionales no ofrece regularidad en el espacio, sino en el tiempo. Sería una nueva organización de la materia en la que la estructura se repite periódicamente en el tiempo, a diferencia de la periodicidad espacial de los cristales convencionales.

La inspiración le llegó mientras impartía un curso sobre la teoría de grupos, una disciplina matemática que usan los químicos para describir la estructura de los cristales y los físicos para describir las simetrías inherentes a las familias de partículas elementales. No debe extrañar que una mente divergente como la de Wilczek junte visiones de ambos mundos y de ello surja una teoría absolutamente disruptiva.

Wilczek se planteó si el concepto ordinario de cristal 3D podía ampliarse a 4D, cuatro dimensiones, al incorporar la dimensión temporal, pero pronto surgieron consecuencias sorprendentes. Un cristal temporal debería constituir un estado de mínima energía y esto plantea una contradicción: por un lado, si el sistema tiene energía mínima no puede moverse, salvo que extraiga energía adicional del entorno, hasta volver de nuevo a un estado de mínima energía, inmóvil; pero por definición, un cristal temporal debe cambiar para romper la simetría de traslación en el tiempo.

Es decir, que si Wilczek tiene razón, su cristal temporal sería un auténtico móvil perpetuo, una de esas máquinas cuyos diseños proliferaron en el siglo XIX hasta que fueron terminantemente prohibidos por las oficinas de patentes. Claro que, a diferencia de lo que pretendían aquellos ingenios imposibles, que violaban la tercera ley de la termodinámica, sabemos que no sería posible extraer energía del perpetuum mobile de Wilczek. Nadie es perfecto.